-una a una, como si fueran llamas errantes,
las sílabas de tu nombre sobre la
superficie frágil del océano,
y mi voz que se pierde en la ceremonia de
las olas,
y tu cuerpo que se abre cuando una se
convierte en la otra,
mientras la forma secreta del fuego
(jamás renunciaremos a nuestra devoción)
se congela en la escultura. Una a una,
sí,
porque no hay iluminaciones que no me
cieguen,
porque sólo en el fracaso resta la posibilidad
del vuelo.
Lo
divino se anuncia en la profundidad de la negrura.
Tal
vez sea en la música del desconsuelo
en
donde el encuentro entre nuestras manos
es
el tacto sin tiempo
(no te vayas, no me dejes ir, llévame contigo)
de un desierto habitable:
detrás
de las tormentas y su devastación,
el
soplo que nos mantiene unidos
en la promesa
en la promesa
del
dolor.