…y la luz se hizo
Tú también eres ciego, tú también te agitas en la oscuridad
Louise Glück
No
hay modo de detener su invasión, su instinto de sombra:
el
vuelo mortal de los murciélagos anida en los rincones
de
la habitación huérfana. Las aves de la noche
cubren
con su sueño de sonidos (nada queda ahora aquí
que
recuerde tu silencio,
nada a tu imagen y semejanza)
los
rastros de los antiguos habitantes –los otros, voces vencidas.
Sus
alas invisibles se agitan en el coro de la oscuridad.
El
polvo aprisionado en la desolación de los muros
bebe
los excrementos de los ángeles ciegos.
En
la hondura del tiempo y su abandono congelado,
el
verbo amasa la arcilla del dolor –una vez más.
(Alza
tus ojos dormidos: la órbita del firmamento
abre
la gruta de su boca negra.
Or,
te dices hacia adentro, bestia temerosa. Algo
–alguien
asciende, posa sus pies de cera fresca
sobre
la tierra cándida del Edén. Alguien busca tu rostro
en
las líneas de sus dedos;
alguien
te nombra.)
*
Como
el báculo encendido de los hombres que te pierden,
un
árbol erige las vértebras de su áurea columna
en
medio del jardín. Incauto,
el
nóctulo muerde la carne
del
fruto prohibido. En la penumbra de su viaje sin alba,
la
lengua rumia el sabor de tus palabras.
La
criatura maldita regurgita la semilla –no
comerás, no beberás
la savia de la luz–
en el instante
de la iluminación.