Mis párpados acarician el fondo
del sol que enciende a la flor
dormida. Como garras que se encorvan
en la hondura desleída del océano,
juntos soñamos -uno junto al otro,
dos en uno quebrado, dos
unidos por el dorso de las letras
que olvidamos-
con el grito inscrito en la greda
del pétalo que brilla,
que arde, que asciende
sonámbulo.
¿Cómo osas respirar en el aura de su vuelo?
Hay tanta luz, tanta. El mundo tiembla bajo
tu salvaje manto -en la boca del viento
las sílabas de mi miedo encandilado-,
y eso duele.