martes, 20 de marzo de 2012

Survie

I
Mis manos duermen sobre la cerradura de piedra.
Detrás de esta puerta, otro velo.
Detrás siempre otro encierro, la máscara que tejes
con la llave opaca
que cruza las habitaciones secretas.

Las intimidades se abren, se abrazan, se rasgan.
Las flores se cierran.
Mi plegaria cae, punza
la abertura, graba una cicatriz. Tu nombre

sordo 
retumba en la habitación: 
el eco repite la forma de otro eco
y no termina.

El eco, un náufrago aliado 
al cuerpo de las olas.

II
Caligrafía de la borradura:
en todo descenso hay un ascenso,
en toda muerte una resurrección.

Cada vez única la espina,
el fuego que espera bajo el sépalo intocable.
Cada vez única, también, la corriente subterránea.
Cada vez única la flor de humo,
el cristal de tu sobrevivencia.

III
Callo. Cierro la puerta.  
El ojo de la cerradura nos observa. Estoy adentro:
en el corazón del hiato, estoy contigo

afuera.

viernes, 16 de marzo de 2012

Hálito

Anclada en medio de la tierra seca,
la sombra del tallo 
y su agonía. 
Vuelan las aves sobre el campo gris.
Incansables 
adivinan la austera línea del cadáver.
Los picos destrozan la carne expuesta;
uno a uno borran los trazos de una mano antigua,
cierran el débil valle en cada surco.

Amplitud del vuelo sobre la hendidura,
pequeño abismo.

Como el signo de un temor primero
-quizá el ojo de una bestia, un destello ancestral-,
el hálito que enciende la promesa:

una semilla indefensa bebe de la herida,
acepta el peso del destierro, 

y no renuncia. 
Huérfanos en compañía

I
Hemos venido desde puertos lejanos,
prometidos.
Una tierra olvidada que la luz no toca.
El viento remueve la noche de las horas
y la arena encubre con su brillo
un vientre de ceniza.

Hemos regresado a este campo expuesto.
Frente a frente
nuestras manos esperan el tacto imposible.
Somos testigos del clamor secreto,
la imagen que se anuncia
en la desnuda transparencia.

(Una palabra de polvo,
velada,
en el umbral de tu lengua, mi lengua
herida.)

Juntos, huérfanos en compañía,
atendemos al llamado de los cuerpos
desvanecidos. Nos abraza el rostro de la huida.

La oscuridad estalla en el fondo de las estrellas.

II
Todo ha terminado.
La lluvia cubre el espacio con la humedad
del vértigo.
Hemos llegado desde orillas que se escapan.

Del lado opuesto de las ruinas
resuena el lamento de los vencidos.
Posamos los pies sobra la esclusa,

cruzamos la llama del dolor.
Naufragamos. Ahora no queda nadie,

nada.

jueves, 15 de marzo de 2012

Constelación

Habrías de llegar como llega la noche
campo de susurro y silencio
inadvertido,
como el oscuro presagio que entraña
la luz de un océano de fuego.
Habrías de llegar con la herida del ocaso.
Habrías de llegar casi invisible

pero el fulgor es sólo sombra.

Resta en la cesura de los astros
la explosión muda,
la curva de un círculo incompleto, 

mi salvaje
ceguera.