miércoles, 28 de noviembre de 2012

lunes, 5 de noviembre de 2012

Hasta que la luz sea sólo luz

Una y otra,
una sobre otra, hermanas en el ojo
de la nada que protegen en su gravidez,
apilo sin descanso piedras de pérdida
y luz.
Esculpo con rigor cada una como si fuera nueva,
aunque sé que el tiempo abrigará un día 
nuestros secretos 
con su aliento de nieve.
Terminarán las horas: el mundo se recogerá
en un cúmulo puro de ligereza.

Con el último estertor, cuando caiga 
la última hoja y se cierre la puerta del mar, 
regresaremos uno y otro, 
uno sobre el otro a este muro de olvido, 
y reconocerás mis trazos de ciego 
que hoy te redimen de mis plegarias
(tu mano escapa sin miedo
de la conversación entre las horas
quebradas
que todavía compartimos)
y entonces lo destruiremos todo,
-todo,
la flor y la roca,
el último rastro de ceniza-
hasta que no queden urnas de abandono,
hasta que la luz sea sólo luz,

libres por fin
de nosotros mismos, libres del peso 
de las palabras muertas  
que yacen entre nuestros lamentos.