sábado, 11 de mayo de 2013

A Daniel.

Sólo cuando estás cerca 
y quizá también cuando creo perderte,
el vacío de las horas que te nombran 
puede ser un abismo cálido, casi habitable. 
En medio del lamento del agua 
que ahora y siempre nos anuda
la alondra asciende hacia adentro, 
punza cuidadosa, ágil,
y celebra el instante de la luz. 
El vértigo no me asusta. 
Sólo entonces la sombra de mi angustia
te acoge, y en su centro crece 
como hierba entre las grietas del camino
(lo sabes, tienes mi mano a tu lado)
la promesa del encuentro, 
la esperanza de las flores nuevas,
el rostro fugaz

de nuestra bendición. 
Sólo en el umbral del abandono se anuncia
la salvación. Puedo escucharte, aquí
estás.