La hojarasca
No has de temer el paso del viento rojo
que
descose el hilo que te amarra a tus hojas.
No
lamentarás el dolor de las ramas rotas,
los
vuelos y fracasos de tus alas desleídas,
ni
detendrás el curso de la savia
que
ahora te abandona.
No
te esconderás del estruendo de la muerte,
el
soplo inclemente y a veces insonoro
que
arrancará el brillo de tu sombra,
pues
el mismo aliento que te destroza
-escúchame
pronunciar el secreto en tus heridas-
es
también el que tejerá con tus despojos,
los
livianos durmientes de los que un día beberás,
la
manta de cadáveres que siempre te acompaña,
el
bálsamo indefenso que habrá de protegerte
del
abrazo de la nieve.