Una y otra,
una sobre otra, hermanas en el ojo
una sobre otra, hermanas en el ojo
de la nada que protegen en su gravidez,
apilo sin descanso piedras de pérdida
y luz.
Esculpo con rigor
cada una como si fuera nueva,
aunque sé que el
tiempo abrigará un día
nuestros secretos
con su aliento de nieve.
nuestros secretos
con su aliento de nieve.
Terminarán las
horas: el mundo se recogerá
en un cúmulo puro de ligereza.
Con el último
estertor, cuando caiga
la última hoja y se cierre la puerta del mar,
regresaremos uno y otro,
uno sobre el otro a este muro de olvido,
y reconocerás mis trazos de ciego
la última hoja y se cierre la puerta del mar,
regresaremos uno y otro,
uno sobre el otro a este muro de olvido,
y reconocerás mis trazos de ciego
que hoy te
redimen de mis plegarias
(tu mano escapa
sin miedo
de la conversación
entre las horas
quebradas
que todavía compartimos)
y entonces lo
destruiremos todo,
-todo,
la flor y la roca,
el último rastro de
ceniza-
hasta que no queden
urnas de abandono,
hasta que la luz sea sólo luz,
libres por fin
de nosotros mismos, libres del peso
de las palabras muertas
que yacen entre nuestros lamentos.
de nosotros mismos, libres del peso
de las palabras muertas
que yacen entre nuestros lamentos.
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