lunes, 22 de junio de 2015

…y la luz se hizo

Tú también eres ciego, tú también te agitas en la oscuridad
Louise Glück

No hay modo de detener su invasión, su instinto de sombra:
el vuelo mortal de los murciélagos anida en los rincones
de la habitación huérfana. Las aves de la noche
cubren con su sueño de sonidos (nada queda ahora aquí
                                       que recuerde tu silencio,
                                       nada a tu imagen y semejanza)
los rastros de los antiguos habitantes –los otros, voces vencidas.
Sus alas invisibles se agitan en el coro de la oscuridad.
El polvo aprisionado en la desolación de los muros
bebe los excrementos de los ángeles ciegos.
En la hondura del tiempo y su abandono congelado,
el verbo amasa la arcilla del dolor –una vez más.

(Alza tus ojos dormidos: la órbita del firmamento
abre la gruta de su boca negra.
Or, te dices hacia adentro, bestia temerosa. Algo

–alguien asciende, posa sus pies de cera fresca
sobre la tierra cándida del Edén. Alguien busca tu rostro
en las líneas de sus dedos;
         alguien te nombra.)

*

Como el báculo encendido de los hombres que te pierden,
un árbol erige las vértebras de su áurea columna
en medio del jardín. Incauto,

el nóctulo muerde la carne
del fruto prohibido. En la penumbra de su viaje sin alba,
la lengua rumia el sabor de tus palabras.  
La criatura maldita regurgita la semilla –no comerás, no beberás
la savia de la luz– en el instante
                                                de la iluminación. 

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