En
la soledad desnuda del alba
–ya sin sombra de testigo, ya
sin rastro de amanuense–
las
olas se recogen en su vientre inmemorial.
Con
el canto de las aguas que se borran
el
cuerpo informe del molusco despierta.
La
voz del aposento nuevo lo llama
resonante
en
las paredes de la concha que abandona.
No
recordarás la timidez de sus pasos torpes,
su
escalada de huésped indefenso;
todo
lo hurta tu escritura en la mañana, todo–
la paciencia inútil del huérfano,
el hambre de la fiera que lo espera.
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