La voz de los escombros
todavía.
No
tenemos signos de
aire
-pues
no hay palabras transparentes, ni silencios
que
no sean huecos, ni puentes sin fisuras-
para
nombrar la muerte,
la
Nada soberbia de un fracaso compartido.
No, no
tenemos ojos para ver
el
centro oscuro del incendio.
Y,
aún así,
(quizá
se trate de un milagro pequeño,
acaso
una ironía infinita)
como
insectos nuevos y sin armadura,
siempre
indefensos ante la boca de la fiera,
recogemos
uno a uno los pedazos
de
nuestros inútiles nombres,
gotas
de piedra que previenen
la
visión diáfana de la tiniebla,
y a
veces, a tientas,
escarbando entre
la carne
de
los pájaros vencidos,
descubrimos
la silueta frágil,
opaca
y bella,
de
un hueso de humo, ruina
que
convoca las voces de otros tiempos,
huella
de un paso que resuena
mudo,
-aquí,
sí, de este lado-
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