Lapsario
Antes del principio y principio en su vuelo,
la caída, la bendición del fuego:
tu dilatación en la soledad volátil de la ruina.
Día tras día, quizá en contra de tu voluntad
de halcón atento (reconoces en mi súplica
la violencia de tus manos),
frente a mis ojos se enciende
la precaria franja del resplandor:
la luz siempre inasible
de lo Uno
en el estertor de los pedazos. Y temes,
presa cobarde que se esconde entre las brasas.
Áureo es el miedo que habita en la palabra.
Antes del principio y principio en su vuelo,
la caída, la bendición del fuego:
tu dilatación en la soledad volátil de la ruina.
Día tras día, quizá en contra de tu voluntad
de halcón atento (reconoces en mi súplica
la violencia de tus manos),
frente a mis ojos se enciende
la precaria franja del resplandor:
la luz siempre inasible
de lo Uno
en el estertor de los pedazos. Y temes,
presa cobarde que se esconde entre las brasas.
Áureo es el miedo que habita en la palabra.
La zarza ardiente
Como un hijo que invoca tu nombre
en el desierto
recibo la vastedad de este campo ciego:
la infinitud grabada en los restos de tu huida,
la luz de una explosión sorda, seca.
Sobre el altar de esta hendidura
(sin reservas, sin miedo)
concédeme tu abismo; desciende
ígneo
sobre el rostro de la zarza,
escucha a la pobreza de estas flores
y cumple el juramento.
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