Extiende tu mano tímida hacia
el umbral, escucha el aliento de tu invocación,
la mirada de animal misterioso,
el don de la negrura que te hiere con su brillo.
Pronúncialo, sí, atiende a su llamado:
camina de vuelta bajo su sombra,
toca el extraño resplandor de esta joya vacía,
esta lengua que arde, resuena y se sustrae
-¿cuántos días, cuántos mundos giran
huérfanos
en su dorado círculo desierto,
cuántos en sus letras insondables, cuántos
en el petrificado fuego de su secreto?-
en las grietas mudas de tu nombre
--
como el agua que se desvanece
en los resquicios de las piedras.
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