Anclada en medio de la tierra seca,
la sombra del tallo
y su agonía.
Vuelan las aves sobre el campo
gris.
Incansables
adivinan la austera línea del cadáver.
Los picos destrozan la carne expuesta;
uno a uno borran los trazos de una mano
antigua,
cierran el débil valle en cada surco.
Amplitud del vuelo sobre la hendidura,
pequeño abismo.
Como el signo de un temor primero
-quizá el ojo de una bestia, un destello
ancestral-,
el hálito que enciende la promesa:
una semilla indefensa bebe de la herida,
acepta el peso del destierro,
y no renuncia.
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