jueves, 27 de septiembre de 2012

Hoc est corpus tuum


Por momentos olvido que algún día
tendré que enterrar tu cuerpo entre sábanas roídas
y mover la piedra inmensa del sepulcro.
Cerrarte.
Sólo por momentos puedo ser indiferente 
al peso de la nada que habrá de cubrir 
mis horas venideras; el tiempo que dejarás aquí 
tras tu partida
-algo, pienso ahora, como las alas inertes
de un pájaro que muere en la cima de su vuelo
y por fin se entrega a su levedad-
para amasar la ceniza de tu voz
entre mis dedos de criatura ingenua,

entre mis manos que aún te tocan,
derrotadas.

Destierro

La desnudez de la habitación la conquistó el fuego
y los cuerpos anónimos –algunos pequeños,
quizá gruesos, ligeros como aves
de humo– buscaron sus tumbas en el aire espeso.
Se lo llevaron todo a su paso. Se lo llevaron, todo. La brisa
que cobija las casas viudas aún espera
su retorno entre estos muros derrumbados. La brisa
–apenas audible,
tu aliento recoge los fragmentos de hielo
ardiente en los que innumerables ojos

laten. Las flores son testigos de las últimas miradas.
Cuánto pesa en el viento la huella
de su dolor. El suspiro mudo,

sorda voz de Nadie.

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